La Navidad de 1939, la calma antes de la Blitzkrieg (Primera Parte)

Comienzo una serie de tres posts sobre cómo fueron las primeras Navidades que se vivieron en la Segunda Guerra Mundial. Originariamente estaba pensado para publicarse en un medio impreso, pero al final lo saco por aquí. Espero que los disfrutéis:

Hace 75 años el mundo se preparaba para celebrar unas Navidades a la sombra de la Segunda Guerra Mundial. El conflicto había comenzado hacía más de tres meses; pero una vez superados los temores iniciales, la población de buena parte de Europa pareció ver en esas fiestas una manera de escapar de la sombra del conflicto.

Nada parecía presagiar los horrores que Europa estaba a punto de vivir: la fulgurante guerra relámpago alemana contra Francia, los terribles bombardeos de la Luftwaffe sobre Inglaterra, las feroces batallas en el Frente Oriental,… Aquel mes de diciembre de 1939 Europa se preparaba para la llegada de la Navidad en medio de una extraña calma.

El estallido de la guerra con la invasión de Polonia en septiembre había provocado temor a una contienda sangrienta en el frente y en las retaguardias con los bombardeos a grandes ciudades de uno y otro bando. Pero la inactividad militar en buena parte de Europa propició que la población civil perdiera el miedo, al menos en apariencia.

Aquel invierno las ciudades comenzaron a recobrar la vida perdida. Los cabarets de París se volvieron a llenar, las calles comerciales de Londres atraían a numerosos visitantes, y Berlín recibía el envío de un millón de árboles de Navidad. La guerra era algo que sucedía en mares lejanos, o en la lejana frontera entre Finlandia y la Unión Soviética.

Un soldado francés durante la breve ofensiva en el Sarre. (Fuente: Wikimedia).

La guerra absurda
Drole de guerre, Phoney War o Sitzkrieg así se referían los soldados franceses, británicos y alemanes a aquello primeros meses de guerra. Son términos que pueden traducirse como guerra extraña, o guerra de broma. Tras la invasión de Polonia ninguno de los dos bandos aparentaban tener la voluntad de querer lanzar una gran ofensiva terrestre.

Aquella Navidad, el frente iba a seguir tranquilo. El Ejército alemán no estaba tan preparado para una guerra a gran escala como deseaba Adolf Hitler. El Führer quería lanzar una ofensiva pronto en Occidente; pero tras discutir con sus generales, éstos le convencieron que era necesario mejorar la coordinación entre las tropas y ampliar las reservas de suministros.

Por su parte, los Aliados tampoco tenían una gran voluntad de lucha. Habían declarado la guerra a Alemania por sus compromisos diplomáticos con Polonia, pero no habían mostrado una gran voluntad de combate. Tanto Londres como París preferían confiar en el bloqueo económico por mar para conseguir que los nazis se rindieran, como ya había pasado en 1918 con el Segundo Reich.

En tierra la iniciativa de las operaciones teóricamente recaía en el ejército francés. Pero solo se había limitado a lanzar una incursión en el Sarre, que terminó al encontrar campos minados. A partir de ahí, las tropas galas se atrincheraron en la Línea Maginot y los alemanes hicieron lo propio en su Línea Sigfrido. Ambos bandos se quedaron allí vigilándose, sin pasar a la ofensiva.

Jean Paul Sartre sirvió estaba movilizado con el ejército francés aquel invierno, y describió la drôle guerre en sus Cuadernos de guerra así: “todo consistía exclusivamente en dormir, comer y no pasar frío. Y nada más”. Esta situación de inactividad en el frente se mantuvo hasta mayo de 1940, cuando la Wehrmacht lanzó la gran ofensiva contra Francia a través de Holanda y Bélgica.

Tropas finlandesas durante la Guerra de Invierno. (Fuente: Wikimedia).

La Guerra de Invierno
Curiosamente, aquel mes de diciembre de 1939 la tensión internacional estuvo a punto de propiciar una intervención de Gran Bretaña y Francia con el que iba a ser su futuro aliado contra la Alemania Nazi: la Unión Soviética.

Josef Stalin había ordenado un ataque contra Finlandia el 30 de noviembre. La URSS reclamaba partes del territorio de su vecino como el puerto de Pestamo, la península de Rybachy (cercana al estratégico puerto de Murmansk en el Ártico). El Ejército Rojo tenía un potencial mucho mayor que las fuerzas armadas finlandesas por lo que parecía que iba a ser un conflicto corto, pero ha pasado a la Historia como la Guerra de Invierno.

Pero la resistencia de los finlandeses se demostró especialmente tenaz gracias a ingeniosas tácticas móviles y al aprovechamiento del terreno boscoso. Además, los defensores asombraron al mundo con sus improvisadas pero eficaces bombas antitanques. Fabricadas con botellas con líquido inflamable, fueron bautizadas como cócteles Molotov, en una clara burla al ministro de Asuntos Exteriores soviético, Vyacheslav Molotov. Aunque se trata de un conflicto ensombrecido por lo que sucedió después en la Segunda Guerra Mundial, hay figuras destacadas como Simo Häyhä, apodado la Muerte Blanca, fue el francotirador más letal de toda la contienda, superando a figuras como Vassili Zaitsev (505 muertos del finlandés vs. 242 del soviético -aunque algunas fuentes las elevan a 400 si se tiene en cuenta toda la batalla de Stalingrado y no solo diciembre de 1942).

La causa finlandesa despertó grandes simpatías en Francia y Gran Bretaña. La URSS fue expulsada de la Sociedad de las Naciones el 14 de diciembre, e incluso en los círculos de poder de Londres y París comenzó a hablarse de una intervención militar directa contra Stalin. Al fin y al cabo, desde el pacto Von Ribbentrop-Molotov se veía como una alianza entre nazis y comunistas.

Así pues, la intervención de los Aliados en Finlandia buscaba debilitar a la URSS, que a su vez contaba con apoyo diplomático nazi porque suministraba importantes materiales a la necesitada economía alemana. Los planes incluían el envío de tropas, e incluso bombardeos a los pozos petrolíferos soviéticos en Baku. Pero la clave era contar con el apoyo de Noruego y Suecia, que se negaron a ceder sus territorios ante el temor de una reacción militar alemana.

Esta negativa unida a que los soviéticos finalmente consiguieron imponerse en el campo de batalla por su enorme superioridad numérica (aunque con terribles bajas), hicieron que los finlandeses aceptaran rendirse en marzo de 1940, y cedieron los territorios que reclamaba Moscú.

El Almirante Graf Spee en 1936. (Fuente: Wikimedia).

La Batalla del Río de la Plata

Mientras se asentaba la calma en el Frente Occidental, la batalla en los mares se intensificaba. En esos primeros meses de conflicto, los Aliados además de desplegar sus barcos para reforzar el bloqueo económico a Alemania, tuvieron que perseguir a naves corsarias y en especial a los acorazados de bolsillo Deutschland y el Admiral Graf Spee. Estos dos buques se habían desplegado en el Atlántico antes del inicio de las hostilidades, y cuando se declaró la guerra, comenzaron una intensa campaña de ataques a buques comerciales.

Esa Navidad de 1939 el gran protagonista iba a ser el Admiral Graf Spee. Desde el inicio de la guerra había hundido nueve buques mercantes, aunque sin causar bajas, ya que el capitán Hans Langsdorff los hacía prisioneros antes de hundir las naves, según las normas de la guerra corsaria. La Royal Navy consideró que el acorazado de bolsillo comenzaba a ser un serio problema por lo que desplegó nueve grupos de batalla para perseguirlo.

En diciembre de 1939, el Escuadrón del Atlántico de la marina británica localizó al Admiral Graf Spee cerca del estuario del Río de la Plata entre Argentina y Uruguay, y pusieron rumbo a la zona a toda maquina. Eran tres cruceros, el Exeter, el Ajax y el Achilles, más ligeros y maniobrables que la nave alemana, pero ésta contaba con mayor potencia de fuego.

Al amanecer del día 13 se produjo el encuentro decisivo en Punta del Este que se convierte en un intenso duelo artillero de hora y media. Pese a las buenas maniobras de los barcos británicos, quedan seriamente dañados, y el Graf Spee, también tocado por la artillería enemiga, se refugia en el puerto neutral de Montevideo. Los navíos británicos los persiguen hasta allí, y comienzan una serie de negociaciones diplomáticas.

Además, los británicos hicieron creer a los alemanes a través de falsos informes de inteligencia que estaban desplazando numerosos refuerzos a la zona. Además, Londres tenía más influencia sobre el gobierno uruguayo, y Berlín presionaba para que abandonara el refugio. Ante una situación tan desesperada, el capitán Langsdorff amaga salir del puerto. Pero a poca distancia de la costa, hace subir a la tripulación a bordo de otro barco, y hunde la nave. Los marinos alemanes fueron llevados a Buenos Aires, donde Langsdorff se suicidó.

El ministro nazi de Propaganda, Joseph Goebbels, trató de vender la batalla del Río de la Plata como un éxito, asegurando en un principio que habían conseguido hundir a uno de los cruceros británicos. Pero la población alemana quedó conmocionada al saber que el Graf Spee se había ido a pique. Los británicos también difundieron a bombo y platillo su victoria. Al fin y al cabo, había sido un golpe muy duro para la marina alemana, ya que había perdido a una de sus principales navíos de superficie.

Hasta aquí la descripción de los frentes de batalla, próximamente cómo se vivió aquella primera Navidad en París, Londres y Berlín.

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3 comentarios en “La Navidad de 1939, la calma antes de la Blitzkrieg (Primera Parte)

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