¿Qué pensaban las grandes potencias al inicio de la Gran Guerra?

Portada del 29 de julio de 1914, el mundo pendiente de las reacciones de las grandes potencias ante la declaración de guerra del Imperio Austrohúngaro a Serbia. (Fuente: Wikimedia).

Esta semana se cumple el centenario del inicio de las hostilidades de la Gran Guerra. El lunes 28 de julio se conmemoró el inicio del ataque del Imperio Austrohúngaro contra Serbia para castigarla por el asesinato del archiduque Francisco Fernando y su esposa Sofía Chotek. Luego el día 1 de agosto, Alemania declaró la guerra a Rusia, después que ésta se movilizara. Dos días después el Reich desencadenaba las operaciones contra Francia. El 4 de agosto las tropas alemanas invadían la neutral Bélgica, lo que provocaría la intervención de Gran Bretaña.

Ésta fue la cadena que llevó al desastre. Pero las potencias no esperaban estar ante un conflicto general. ¿Aspiraban a una guerra corta? Aquí hay una dualidad interesante que han señalado algunos historiadores como David Stevenson y Christopher Clark. Militares como Von Moltke parecían bastante conscientes de que podía ser un enfrentamiento largo y sangriento. Mientras que los políticos confiaban en una guerra breve que aportara objetivos decisivos.

Tampoco hay que olvidar la obsesión que había con las doctrinas estratégicas ofensivas. Todos los ejército de la época contemplaban que lo mejor era atacar primero, por lo que había pánico a que el enemigo se consiguiera movilizar antes y poner en marcha su maquinaria bélica.

En cualquier caso, las potencias se encontraron con un conflicto global. Pero cuando marcharon hacia la Gran Guerra aquellos días de finales de julio y principios de agosto de 1914, tenían aparentemente unos objetivos muy claros, más allá de vengar el asesinato de un archiduque o proteger a un pequeño estado balcánico. Aquí está una breve enumeración de por qué se lanzaron los unos contra otros.

Tropas alemanas marchan al frente en 1914. (Fuente: Wikimedia).

El Imperio Alemán: su principal preocupación era dejar fuera de combate a Rusia, a la que veía como una amenaza para sus planes de hegemonía en la Europa Continental. Al fin y al cabo, el poder económico e industrial del Reich les hubiera asegurado la hegemonía en el continente a largo plazo. Pero el Imperio de los zares se estaba recuperando y rehaciendo sus fuerzas después de la debacle de 1905.

El problema como he dicho es que la doctrina militar alemana –el famoso Plan Schlieffen- contemplaba que para luchar contra Rusia, primero había que dejar fuera de combate a su aliada Francia, que podía movilizarse antes. El káiser Guillermo II consultó al jefe de su Estado Mayor, Von Moltke, si era posible ir a la guerra solo contra Rusia, a lo que el militar contestó que no.

Propaganda austrohúngara contra Serbia. (Fuente: Wikimedia).

El Imperio Austrohúngaro: lo que menos esperaba el anciano emperador Francisco José cuando firmó la declaración de guerra contra Serbia ante el busto de Sissi era empezar una conflagración global. El objetivo era castigar a Belgrado por su apoyo al asesinato del archiduque Francisco Fernando, y también reajustar el equilibrio de fuerzas en los Balcanes.

Precisamente, el deseo de castigar a Serbia duramente e incluso desmembrarla para asegurarse el dominio austrohúngaro sobre los Balcanes impuso que se optara por una movilización masiva contra este país. Queda la duda de si se hubiera optado por un ataque relámpago de castigo (por ejemplo, un bombardeo de Belgrado y/o alguna acción fronteriza), la crisis se habría quedado en algo circunscrito a esta región europea.

Tropas rusas marchan al frente. (Fuente: Wikimedia).

 El Imperio Ruso: el discurso de la hermandad paneslava para defender a Serbia era solo una mascarada. Como buena gran potencia no quería perder su estatus, y temía que con Austria-Hungría afianzara su control de los Balcanes. También temía que Alemania acrecentara su influencia en el Imperio Otomano, como demostraba el proyecto de la línea de ferrocarril Berlín-Bagdad, o la misión militar germana para ayudar a reformar el ejército turco que había quedado maltrecho tras las Guerras Balcánicas.

De igual manera que su primo el káiser, el zar Nicolás II pidió a sus generales que solo se movilizaran contra el Imperio Austrohúngaro, pero le contestaron que era imposible porque causaría muchos problemas logísticos, especialmente si al final había que ir igualmente a la guerra contra Alemania.

Tropas francesas avanzan con las bayonetas caladas. (Fuente: Wikimedia).

Francia: a los galos aún les escocía la derrota de 1870 que supuso la pérdida de Alsacia y Lorena. En este ánimo revanchista se explica su postura de animar a Rusia a “defender” a Serbia y organizar la gran movilización, y su fin último era ajustar esas viejas cuentas con Alemania. La diplomacia gala fue hábil, ya no solo con sus aliados de San Petersburgo, sino también para intentar conseguir el apoyo de Gran Bretaña, presentándose como unas víctimas de las ansias expansionistas alemanas.

Por su parte, Francia era un exponente muy claro de la confianza excesiva en las doctrinas ofensivas. En los primeros compases de la guerra sus tropas protagonizaron avances temerarios a campo abierto con sus vistosos uniformes que normalmente acabaron barridos por las ametralladoras y la artillería alemanas.

Voluntarios británicos en Londres en agosto de 1914. (Fuente: Wikimedia).

El Imperio Británico: el Gobierno de Su Majestad como siempre apostó por el equilibrio de poder en el continente. En este caso, el peligro era Alemania, con quien había protagonizado diversos episodios de rivalidad desde los últimos años del siglo XIX (en especial la famosa carrera de armamento naval). El Reich estaba superando a Reino Unido y sus colonias en numerosos factores económicos.

Como he dicho, entró en guerra por la violación de la neutralidad belga, pero como bien nos explica Clark en Sonámbulos, Londres hubiera tolerado que las tropas alemanas hubiesen cruzado por una parte del pequeño país (las Ardenas). El problema fue la “violación sustancial” de su integridad territorial. También nos habla de dudas entre el gobierno británico ante saber cuál sería la mayor amenaza para el equilibrio de poder continental: Alemania o Rusia. Tras una serie de dudas, se decidieron a intervenir porque así se aseguraban de mantener su estatus imperial.

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