¡Vae Victis! Las 10 derrotas más importantes de Roma (1ª parte)

Nadie discute que las legiones romanas son una de las unidades militares más capaces de la Historia. Fueron un factor esencial para levantar aquel imperio. Pero como no hay nadie invencible, también protagonizaron algunos descalabros bélicos, que pusieron a esta civilización en grave riesgo en los inicios de su expansión, señalaron momentos de cambio o fueron un claro síntoma de que su final estaba llegando.

En cualquier caso, creo que merece la pena conocer las principales derrotas de Roma. Más que limitarme a la pura cuantificación de pérdidas de vidas, he buscado aquellas que tuvieron una significación por diversos motivos. Como siempre que hago un listado, estaré encantado de escuchar vuestra opiniones si creéis que hay que añadir o quitar algo. ¡Ah! Espero que os guste tanto como el de sus grandes enemigos.

Fresco que muestra la batalla, está datado en el 320 a.C. (Fuente: Wikimedia). 

10. La batalla de las Horcas Caudinas (321 a.C.): aquí fue una humillación sin derramamiento de sangre. Sucedió durante la Segunda Guerra Samnita, una serie de tres conflictos contra este pueblo entre el 343 a.C. y el 290 a.C. y que le dieron a Roma el dominio de Italia central.

Pero en el 327 a.C. aún quedaba mucho para eso, Roma había apoyado a Neapolis (Nápoles) y a los pueblos de la Campania que estaban amenazados por los samnitas. La guerra comenzó en el 326 a.C. y cinco años después Roma lanzó una invasión en toda regla contra el territorio de sus enemigos.

Los samnitas engañaron a las legiones con soldados disfrazados de pastores y las condujeron hacia un valle entre los montes Tifata y Taburno de los Apeninos. Los cónsules al mando de esta fuerza se encontraron con que sus enemigos habían bloqueado las salidas, en uno había una enorme barricada, y en el otro había una fuerte presencia militar.

Los líderes samnitas dudaron. Por un lado, estaba el anciano Herenio que en un primer momento pensó en liberar a los romanos, pero luego se dio cuenta que era una gran oportunidad para debilitarlos, si los masacraba. Pero su hijo Poncio quería una alternativa intermedia, humillar a Roma pero no provocar una gran venganza. Así que decidió dejarlos ir, pero desarmados y semidesnudos. Además, debían pasar por debajo de una lanza.

Precisamente, al ser una derrotar sin luchar quedó en la memoria de los romanos como una de las más humillantes de su historia, señalando a los responsables, legionarios y los dos cónsules. Los senadores que tuvieron que ratificar aquel tratado también dieron muestras de deshonor arrancándose sus túnicas.

De aquí nació la expresión pasar por las horcas caudinas, que significa tener que aceptar una situación deshonrosa. El acuerdo también incluía cede algunas poblaciones. Pero Roma no olvidaba las afrentas así como así, y contraatacó, aunque también tuvo que hacer frente a la intervención etrusca al lado de los samnitas.

Entre el 311 y el 304 a.C. Roma consiguió finalmente la victoria en esta Segunda Guerra Samnita, aunque, como he apuntado antes, habría que esperar a un tercer conflicto para acabar de solventar las cuestiones con este pueblo.

Relieve del sarcófago de Ludovisi que muestra una batalla entre godos y romanos. (Fuente: Wikimedia).

9. La batalla de Abrito (251 d.C.): fue la primera vez que un emperador romano moría en una batalla contra un enemigo extranjero. En esta ocasión el enfrentamiento fue con los godos en Mesia Inferior, cerca de la actual ciudad búlgara de Razgrad. Por cierto, como veréis este pueblo será habitual en este listado (bueno, en su segunda parte).

El césar en tener este dudoso honor iba a ser Decio y no caería solo, lo haría con su hijo Hereno Etrusco. Su antecesor en el trono, Filipo el Árabe, se había negado a seguir pagando los tributos a las tribus bárbaras para evitar sus ataques, una costumbre iniciada en el 238 por otro emperador, Máximo el Tracio. Además, los romanos estaban en uno de sus períodos de enfrentamientos civiles y la frontera del Danubio había quedado desguarnecida.

Un limes sin tropas era demasiado tentador y aquellas provincias eran un objetivo fácil de saquear para los godos dirigidos por el rey Cniva, quien también había incorporado a tribus sármatas. Algunas fuentes de la época denominaron a los invasores con el viejo término de escitas.

El propio Decio decidió ponerse al frente de las tropas que iban a intentar repeler a los invasores en el Danubio. Ambos bandos se fueron tanteando en diversos choques, pero parecía que ninguno podía imponerse al otro, aunque finalmente los godos sorprendieron al emperador en Beroe en el 250 d.C. El romano se retiró, pero un año después, el césar volvió con un nuevo ejército para hacer frente Cniva y los suyos. Esta vez el encuentro fue en Abrito.

Como sucede en muchas batallas de la Antigüedad, las cifras son difíciles de precisar por la disparidad de fuentes. Los cálculos más fiables que he encontrado indican que las fuerzas bárbaras debían contar con entre 30.000 y 40.000 guerreros. Mientras que Decio contaba con entre cuatro y seis legiones y sus auxiliares, lo que suponía entre 20.000 y 30.000 hombres. Pese a esta disparidad de números, los romanos estaban confiados pensando que se enfrentaban contra una horda con poca capacidad táctica.

Pero Cniva organizó una inteligente trampa aprovechando el terreno. Dividió a sus fuerzas en tres contingentes: uno presentaría batalla campal a las legiones, mientras que los otros dos preparaban una emboscada en los pantanos que había en las inmediaciones de Abrito. Ese día del verano del 251 (las fuentes no se ponen de acuerdo si fue en julio o agosto), los romanos mordieron el anzuelo.

Los soldados de Decio “derrotaron” al primer contingente que comenzó a retirarse hacia los pantanos. Los romanos los persiguieron y allí fueron rodeados y masacrados por los guerreros godos y sármatas que les estaban esperando. El emperador y su hijo murieron en combate (algunas fuentes dicen que Herenio murió al principio de la batalla cuando fue alcanzado por una flecha).

El trono imperial lo ocuparía Treboniano Galo, gobernador de Mesia Superior y que fue proclamado césar por las legiones. Firmó un acuerdo con los godos para que se retirarán con el botín al otro lado del Danubio.

Godos
Busto del líder galo Breno y pintura ‘Botín de la Batalla’ de Víctor Paul Jamin. (Fuente: Wikimedia).

8. La batalla de Alia (390 a.C. o 387 a.C.): la tribu gala de los senones invadieron Italia a través del territorio de la actual Siena, que por entonces era habitado por los etruscos. Estos pidieron ayuda a Roma mientras negociaban con los invasores. La Ciudad Eterna estaba recuperando sus fuerzas de unas campañas en Etruria, y apostó por enviar solamente diplomáticos para mediar.

Las conversaciones se torcieron de mala manera. Uno de los diplomáticos romanos, Quinto Fabio, mató a un jefe galo. Como podéis imaginar, se montó un buen follón.

Los galos enviaron su propia embajada a Roma y pidieron que se les entregara a toda la familia (que era un linaje de reconocido prestigio) para dar un castigo ejemplar. Pero la presión popular evitó que se cumpliera con aquella condición, incluso, los Fabios utilizaron este apoyo para conseguir cargos de tribunos militares.

Los senones prometieron guerra ante lo que consideraban una grave afrenta diplomática, y marcharon con sus fuerzas contra Roma. El ejército romano (recordad que aún era una fuerza ciudadana, no profesional) salió a enfrentarse a los galos, y se encontraron a 18 kilómetros de la Ciudad Eterna. Además, las legiones entonces aún luchaban como falanges griegas, y en los flancos colocaban a los soldados peor equipados.

Precisamente, los galos cargaron contra los flancos, y estos guerreros romanos mal preparados sucumbieron ante la envestida; lo que permitió a los Senones rodear al centro de las legiones. Las fuerzas que pudieron escapar, huyeron hacia Roma, y los ciudadanos buscaron refugio en la Colina Capitolina. Los galos no pudieron tomar esta posición, pero saquearon a placer el resto de la ciudad.

Galos y romanos terminaron por negociar, los segundo aceptaron pagar un fuerte tirbuto de mil libras de oro. El líder galor, Breno, utilizó pesos adulterados para calcular esta indemnización y expoliar más a los derrotados, cuando se descubrió el engaño, el galo lanzó otra expresión que se haría célebre: ¡Vae Victis! (¡Ay, de los derrotados!). Vamos, una manera de demostrar la impotencia del que ha sido derrotado.

Los galos fueron derrotados finalmente por el dictado romano Camilo, tras pronunciar otra célebre frase: “non auro, sed ferro, recuperanda est patria” (No es con el oro, sino con el acero, con lo que será recuperada la patria). En cualquier caso, Roma vivió aquel saqueo como una segunda fundación, y quedaría en la memoria para siempre. Ningún ejército extranjero volvería a saquearla hasta los últimos años del Imperio.

Un bajorrelieve iraní en Naqsh-e Rostam que muestra la humillación del emperador Valeriano. (Fuente: Wikimedia).

7. La batalla de Edesa (260 d.C.): hacia el siglo III d.C. los persas sasánidas (una nueva dinastía que se hizo con el poder) habían sustituido a los partos como gran enemigo de Roma en la frontera oriental. Además, hacia el 240, el Imperio daba una imagen de debilidad tras una guerra civil y con emperadores que duraban pocos años en el cargo.

Los nuevos enemigos persas atacaron posiciones claves en Siria como Antioquía durante esos años turbulentos. En el 260 (o el 259, según la fuente que se consulte), el rey sasánida, Sapor I, lanzó una invasión contra algunos importantes lugares de Mesopotamia como Carras y Edesa. El emperador Valeriano acudió con un ejército de unos 70.000 soldados. Las dos fuerzas se encontraron en algún punto entre las dos ciudades que he citado.

Las fuentes no dan muchos detalles de cómo fue la derrota romana, parece que estalló un brote de peste entre los legionarios, lo que les obligó a refugiarse en Edesa, y allí fueron sitiados por los persas. El emperador Valeriano aceptó negociar con Sapor I, pero fue apresado por los sasánidas (algunos apuntan a la traición del prefecto Macriano). Era la primera vez que un césar caía en manos del enemigo, recordad que Decio murió en el campo de batalla. Además, buena parte de los soldados también fueron capturados.

Los persas conmemoraron esta humillación en diversos monumentos que mostraban a Sapor cogiendo por las muñecas al emperador Valeriano. No está claro cual fue el destino del soberano romano. Algunos dicen que fue llevado a Bishapur, donde vivió relativamente bien. Otros afirman que fue constantemente humillado, por ejemplo, supuestamente el rey sasánida lo utilizaba como banqueta para subir a su caballo. Incluso hay fuentes que hablan de una versión muy Juego de Tronos, ya que Sapor le habría obligado a beber oro fundido, y hay quien apuesta por que murió desollado, y con su piel hicieron un trofeo en un templo persa.

Hoy en día, estos relatos tan sádicos se atribuyen a la propaganda antipersa que hicieron algunas fuentes cristianas por las persecuciones a las que se vieron sometidos sus correligionarios en territorio controlado por los sasánidas.

En cualquier caso, tras Edesa, Sapor I aspiraba a llevar sus dominios hasta el Mediterráneo. Aunque tras el impacto de la captura de Valeriano y sus soldados, los romanos consiguieron contraatacar con éxito bajo el mando de Macriano y de Septimio Odenato, esposo de Zenobia y futura enemiga letal de Roma.

Cuadro ‘La derrota de los cimbrios’ de Alexandre-Gabriel Decamps. (Fuente: Wikimedia).

6. La batalla de Arausio (105 a.C.): quizá sea una de las que menos os suenen de este listado. Tuvo lugar en el sur de la actual Francia, y es considerada la mayor derrota romana en cuanto al número de bajas se refiere. Las fuentes hablan de más de 120.000 muertos (unos 80.000 legionarios y 40.000 auxiliares y acompañantes), esta cifra, superaría al célebre choque de Cannas, la paliza por excelencia que Aníbal dio a los romanos.

Los cimbrios (un pueblo germánico-celta) comenzaron una migración que les llevó a cruzar la Galia, también iban acompañados de otras tribus y pueblos como los teutones hasta que amenazaban con atacar territorios romanos en el sur de la Galia.

Como estamos viendo en la mayoría de estos casos, los romanos tuvieron graves problemas de liderazgo. Por motivos que no acaban de quedar claros, el cónsul más veterano, Publio Rutilio Rufo, no quiso o no pudo ponerse al mando de las tropas, además, era un hombre que había destacado por sus servicios en la guerra en Numidia.

El otro cónsul Cneo Malio no tenía tanta experiencia militar, aunque eso no le privó de ponerse al frente de uno de los dos contingentes que Roma iba a enviar a la zona. Además, este personaje era lo que entonces se llama un novus homo (el primero de su linaje que llegaba al Senado), es decir, no pertenecía a las familias aristocráticas que tradicionalmente se habían repartido el poder.

Al mando del otro estaba el procónsul Quinto Servilio Caepio, un aristócrata, muy orgulloso de su linaje y que no quería estar al mando de un advenedizo como Malio. Este comportamiento tan desleal se tradujo en que acampó alejado de las fuerzas del cónsul. Además, los dos contingentes establecieron sus castra con el río a sus espaldas, una decisión fatal como veréis ahora mismo.

El rey cimbrio, Boiorix, pidió parlamentar al ver las fuerzas que habían desplazado los romanos. Malio aceptó. Pero Caepio era contrario a la negociación y temía que que el cónsul se llevara la gloria si pactaba la retirada de los bárbaros. Dio un paso más en su comportamiento desleal y lanzó un ataque de manera muy precipitada. Los cimbrios y teutones pudieron repelerlo al estar tan mal planificado, y pasaron ellos a la ofensiva

Las fuerzas de Malio se vieron sorprendidas por la furia del ataque bárbaro, además quedaron desmoralizadas por la rápida victoria que habían tenido sus enemigos sobre el otro contingente romano. Así que cundió el pánico y comenzó una desbandada, muy caótica por las dificultades para cruzar el río Ródano. Recordad que en la Antigüedad, la mayoría de muertes en batalla se producían cuando una fuerza huía y eran perseguidos por el enemigo victorioso.

Tras esta debacle, Italia estaba prácticamente indefensa, pero los cimbrios y teutones optaron por marchar hacia la Península Ibérica. La derrota también propició que Cayo Mario fuera nombrado cónsul por segunda vez, gracias al prestigio obtenido con la derrota de Yugurta. Así pudo consolidar las reformas del ejército, convirtiéndolo en una fuerza auténticamente profesional, el sistema de ciudadanos-soldados había quedado obsoleto para las necesidades de una Roma que aunque mantenía las formas republicanas cada vez era más imperial.

Gracias a estas fuerzas más preparadas, el propio Mario acabaría derrotando a cimbrios y teutones cuando volvieron a amenazar a Italia en las batallas de Vercelas y Aquae Sextiae.

Hasta aquí la primera parte, aquí tenéis el post donde hablo de las otras cinco grandes derrotas que sufrió Roma.

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5 comentarios en “¡Vae Victis! Las 10 derrotas más importantes de Roma (1ª parte)

  1. ¡Gran post! De las cuatros derrotas que comentas, quizás la humillación que supuso la batalla de las Hordas Caudinas me parece la más significativa, ya que me llama la atención que tomarán la decisión de volver deshonrados antes de luchar aunque estuvieran rodeados. Los romanos eran un pueblo orgulloso que daba mucha importancia al honor en el combate y al prestigio militar y era preferible caer ante el enemigo que huir del campo de batalla.

    Me parece importante diferenciar las derrotas del ejército romano cuando era un ejército compuesto por ciudadanos y cuando ya se convirtió en un ejército profesional, como comentas en el post. Pues las derrotas de un ejército profesional, bien adiestrado y con mandos capaces tienen que conceder un mayor valor y reconocimiento para el enemigo.

    Esperando el siguiente post…

  2. Como bien dices, el orgullo romano se notó enseguida. El pueblo rechazó las condiciones que se habían pactado con los samnitas y la batalla quedó dentro de la psique romana, y contribuyó a que en el futuro se volvieran tan obstinados en las guerras. Next post coming soon…

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