“No queda sino batirse”, una humilde historia de los duelos

Un lance del siglo XVII, cuadro de Francisco Domingo Marqués. (Fuente: Wikipedia).

Últimamente me he topado con varias referencias a los duelos. El otro día el general español, Fernández-Monzón, retaba a duelo a Willy Toledo. El uniformado estaba muy agraviado por las declaraciones que hizo el actor el 12 de octubre. Luego y algo más agradable me he encontrado dos artículos sobre esta temática, una en National Geographic y otra en Jot Down.

No soy como el general retirado, y los duelos los dejo para disfrutarlos para los libros de Historia, las novelas y las películas. Al fin y al cabo, se trata de una cuestión muy enraizada en la psique de la cultura occidental ya desde la Ilíada de Homero, aunque en época clásica fueron adquiriendo la imagen de algo bárbaro para hacer entre las élites (lo que no les quitaba de disfrutar de los combates de gladiadores).

La Edad Media volvió a poner de moda los duelos. Entonces, formaban parte de las ordalías, o también Juicio de Dios, torturas o combates que determinaban la culpabilidad o inocencia de un acusado, en especial en los territorios normandos. En Castilla, Alfonso X codificó perfectamente las normas de este enfrentamiento en su célebre cuerpo normativo de las Siete Partidas. Se trata de la primera codificación de los duelos en la Península Ibérica, y establecía en qué casos se podía aplicarse, como por ejemplo, deshonra o muerte de un familiar, pero no se podía aplicar en caso de un robo.

Los Reyes Católicos cambiaron radicalmente esta concepción y los prohibieron. Fue una actuación en la línea de otros reinos europeos, ya que los muertos comenzaron a amontonarse en las calles. Además, muchos de los implicados eran nobles, y no era plan de quedarse sin ellos en los momentos que hacía falta construir los estados de la Edad Moderna.

Ilustración de Los Tres Mosqueteros de 1894. (Fuente: Wikimedia).

Otro apunte, hasta principios del siglo XVI no se utiliza la palabra duelo en castellano, sino otras como lid o desafío. Se empieza a usar porque se importa el término duello de Italia. La trajeron los soldados de los Tercios que sirvieron allí en las guerras que se producen en la época. También importaron la costumbre de solventar las afrentas al honor con la espada y la daga.

En suelo italiano había normas complejas para estos duelos. Podían ser a caballo, y no era uno contra uno sino que también podían traer un número igual de acompañantes que se unían a la refriega. Pero en la Monarquía Hispánica las restricciones legales hicieron que se convirtieran en cosa de dos.

Espada ropera, el arma habitual en los duelos en el Siglo de Oro. (Fuente: Wikimedia).

También van apareciendo una serie de libros que hablaban de la teoría y normas del duelo como De re militari de París de Puteo y que fue traducido al castellano en 1544 como Libro llamado batalla de dos. Otro ejemplo es De singulari certamine de Andrés Alciato aparecido en 1555.

Pese a estar prohibidos, todos dos reyes como Carlos V y Francisco I de Francia se plantearon resolver sus diferencias con un duelo, y no hablo de una metáfora de su pugna por la hegemonía en Europa.

El conde-duque de Olivares. (Fuente: Wikimedia).

Normalmente, se luchaba cerca de iglesias para acogerse a sagrado. La popularidad de los duelos hizo que proliferaran las escuelas de esgrima, ya no solo en los dominios españoles de los Habsburgos, sino también en Italia y Francia. Como bien vemos en las novelas de Alatriste, la forma de luchar no era precisamente caballeresca o deportiva, y había algunos trucos caballerescos para pelear con espada ropera y daga. También estaba el uso de la capa, enrollada en un brazo y usada para protegerse.

Parece que la presión legal durante los reinados de Felipe II y Felipe III hicieron que disminuyera el número de duelos. Vuelven a repuntar con Felipe IV (precisamente la época de Alatriste), y su valido, el conde-duque de Olivares, decidió tomar cartas en el asunto aprobando nuevas leyes. Estamos en los años de auge del Siglo de Oro, y las cuestiones de honor estaban a flor de piel en la sociedad de la Monarquía Hispánica.

Un duelo en 1874. (Fuente: Wikimedia).

Más allá de estos intentos de los gobernantes por erradicarlos, los duelos tuvieron su propia evolución interna. Como he dicho, en un principio eran cosa de dos. Pero el uso de trampas como el empleo de armas de fuego, o traer sicarios hizo que se instaurara la figura de traer testigos o padrinos.

El rol de estos terceros también era de intermediar en lo que se conoció como duelos fictos, donde se seguía todo el ritual del reto entre los agraviados, pero en el último momento se interponían los padrinos para evitar un derramamiento de sangre, se apaciguaban los ánimos y el honor de todo el mundo quedaba a salvo ya que las partes habían demostrado su valor de batirse.

Monestir de Sant Pau del Camp. (Fuente: Wikimedia).

Los libros de Alatriste se centran en Madrid, pero Barcelona no se quedaba atrás. Aquí la costumbre era citarse extramuros en lugares como las huertas de Sant Bertran (en la parte baja de Montjuïc que da al mar). La popularidad de los duelos llegó hasta tal punto que en la capilla del monasterio de Sant Pau del Camp (en el Raval) se veneraba a un Cristo con fama de interceder por los contendientes.

Esta creencia se debía a una leyenda situada en 1452 en el cercano huerto de Sant Pau. Uno de los participantes quedó desarmado y buscó refugio en el monasterio, el otro contendiente lo persiguió y lo acorraló en el altar. Cuando le iba a dar la estocada mortal, el Cristo se soltó de la Cruz e intercedió con su cuerpo, ambos contendientes quedaron tan impactados que se hicieron monjes. Se cuenta que la imagen quedó torcido al estilo del Cristo de Lepanto, pero se perdió en la Guerra Civil.

Duelo de Eugene Onegin y Vladimir Lensky. Cuadro de Ilya Repin. (Fuente: Wikimedia).

En el siglo XVIII todo el ritual de los padrinos y su mediación se va desarrollando. Las espadas van cediendo protagonismo a las pistolas, y se va generalizando el concepto de duelo a primera sangre. Entre los que mantienen las espadas, se populariza el estilo de esgrima francés. En el siglo XIX y principios del XX, siguen produciéndose duelos, incluso alguno con destacadas consecuencias políticas como el de Carabanchel en 1870 que enfrentó a Antonio de Orleans y a Enrique de Borbón (eran primos), murió el segundo y el primero perdió sus opciones para reinar en España.

Bien, ya sabéis hoy en día no hagáis caso al general, y si tenéis que batiros escoged a los enemigos que cita Quevedo en Alatriste: la estupidez, la maldad, la superstición, la envidia y la ignorancia.

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