Sumo otro post más de historia naval, aunque la intención del blog no es centrarme exclusivamente en este aspecto, pero me viene de gusto hablar del tema. Salvo para los conocedores en profundidad del período, el Tirpitz está a la sombra de los otros “acorazados estrellas” de la Segunda Guerra Mundial como su hermano gemelo el Bismarck, el Prince of Wales británico o el Yamato japonés. Pese a que las historias de los tres rezuma romanticismo, también demuestran que su época había llegado a su fin. La eclosión de la aviación cambió la guerra en el mar para siempre, y los grandes navíos pasaron de ser el orgullo de sus respectivos países a convertirse en gigantones vulnerables a los ataques desde el cielo.
Como he dicho, me quiero centrar en el caso del Tirpitz, me apetece por ser el menos conocido. Fue un barco muy duro de roer para los aliados, y en especial para la marina británica que tuvo que emplearse a fondo. Era de la misma clase que el Bismarck, el célebre acorazado alemán hundido en 1941.
Su debut operacional fue en el Báltico en 1941. Allí fue el buque insignia del escuadrón encargado de bloquear a la flota soviéitca en Leningrado. Luego sirvió en Noruega, donde operó contra los convoyes aliados que navegaban por el Ártico para llevar ayuda a la URSS, también debía evitar un posible desembarco aliado (los nazis temían que la invasión aliada de Europa llegara por ahí).

El Tirpitz y su escolta
La verdad es que el acorazado tuvo poca acción directa contra barcos de guerra británicos, aunque su solo nombre infundía bastante respeto en la Royal Navy. Al fin y al cabo, era un navío más potente y más moderno que cualquiera de los que servían a Su Majestad, y tenían preparadas unidades para hacerle frente (confiaban en la superioridad numérica, tal y como habían hecho con el Bismarck). Los propios alemanes eran muy cautos con sus unidades de superficie tras el hundimiento del Bismarck y procuraban operar bajo cobertura aérea de la Luftwaffe, también tenían grandes problemas para el suministro de combustible de sus barcos en Noruega, por lo que limitaban sus movimientos.
Curiosamente, el ataque más exitoso que capitaneó el Tirpitz contra un convoy aliado -la Operación Rosselsprung-; el potente navío no disparó un solo tiro. Los Aliados mostraron sus miedos ante su presencia, y decidieron desperdigar sus barcos ante la presencia del poderoso acorazado, pero eso no evitó que la aviación y los submarinos alemanas consiguieran hundir 24 de los 35 mercantes del convoy PQ-17.

El casco del Tirpitz se dio la vuelta por el impacto de las bombas de los Lancaster
Los británicos llegaron a organizar 24 operaciones para intentar hundirlo. Destaca un audaz intento con minisubmarinos en septiembre de 1943 que dañó seriamente al navío. A partir de ahí, lo intentaron hundir mientras se completaban los trabajos de reparación, y se utilizaron ataques aéreos. Finalmente, el 12 de noviembre de 1944, 32 bombardeos Lancaster atacaron al Tirpitz en Tromsø. En 28 minutos las bombas Tallboy (especialmente diseñadas para penetrar en superficies y blindajes resistentes) penetraron en el casco del barco y lo enviaron a pique. La cifra exacta de muertos varía según la fuente, pero se sitúa entorno a los 1.000 marineros. El escuadrón 617 de la RAF fue el responsable del ataque, eran los célebres Dambusters, responsables de los ataques contra presas en el industrializado valle del Rhur.
Recientemente se ha publicado el libro Target Tirpitz: The Epic Quest to Destroy Hitler’s Mightiest Warship, su autor Patrick Bishop señala en una entrevista en History Today algunos aspectos interesantes sobre la importancia histórica de estos grandes barcos de guerra. Destaca que la importancia del Tirpitz fue mantenerse operativo durante mucho tiempo oculto en los fiordos noruegos, esto obligó a los británicos a mantener importantes fuerzas navales vigilándolo.
Para ir acabando, me gustaría destacar una ironía del destino. El nombre Tirpitz era por el almirante Alfred Von Tirpitz. Fue el hombre que convirtió a la Marina Imperial Alemana en una fuerza capaz de desafiar el poder de la Royal Navy a finales del siglo XIX y del XX. Desarrolló importantes unidades de superficies como acorazados. Pero también fue el primero en advertir que estos poderosos barcos veían cerca el final de sus días de gloria. Tras la batalla de Jutlandia en 1916 se mostró partidario de priorizar los submarinos a los que consideraba claves para la futura supremacía naval.





